“Gastón”.

Conocí a Gastón durante mis cursos de doctorado. Yo maldecía en español al candado de mi bicicleta, que se me había quedado atascado y llevaba media hora sin querer abrirse. Al escucharme, se paró y me dijo que había oído que echando un poco de Coca-Cola en la ranura, los candados terminan por ceder. Fue a comprar una lata. Vertió un poco sobre el hueco de metal y, como por arte de magia, el candado se abrió. Todo era así con Gastón. La vida se solucionaba a su paso. Me corregía en veinte minutos ensayos que yo había tardado días en escribir. Era conocido en todo el campus porque con aparentemente poco esfuerzo, resolvía problemas, y aun le daba tiempo para alegrar las fiestas. Por eso, le convertí en mi compañero de natación. Nadábamos juntos porque, a pesar de lo que parecía, Gastón, a veces, se cansaba, y le dolía la espalda no ya por las malas posturas al estudiar, sino por ese cargar con el peso de los otros.

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