Al atardecer

Campo de refugiados tibetanos de Mundgod, en Karnataka, Sur de la India.

Como cada atardecer, salgo del campo para oxigenarme un poco, para cambiar un poco el aire espiritual de gompas, lamas, monjes y mendigos y salir un poco fuera de contexto. Sin resultado alguno; Karnataka es una de las zonas pobres de India, un terreno seco, yermo, donde solo crecen ortigas y llueve de vez en cuando, muy de vez en cuando. Así que no logro encontrar ese cambio que busco cada día, cada vez que salgo del campo.

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5 de Diciembre del 2013 20:07:06PM
1/320seg f/7,1 40mm 400 ISO Canon Eos 1Ds Mark III

Salgo de un campo para meterme en otro. El primero es un campo, como decía antes, de espiritualidad, de liturgia, de reglas y de normas donde el color azafrán de los monjes Tibetanos es el denominador común. Solo algunos Dalits (La casta más baja de la cosmología social India, los Desheredados) entran dentro de la zona para intentar vender a los monjes alguna fruta y poco más. Aquí no hay tiendas, no hay nada. solo soledad, y pocos recursos. El exiguo economato regentado por los mismos lamas y que se nutra de compras periódicas que hacen en las ciudades cercanas les nutren de mecheros para encender las velas, de alguna comida especial y utensilios de limpieza; nada más… soledad y resignación.

Y fuera; los locales, probablemente todos Dalits, que sobreviven como pueden, unos cultivando forraje, otros ganado, otros simplemente sobreviven.

Como cada tarde cuando se pone el sol y el calor es menos sofocante (es Enero, temporada seca) salgo a caminar por la carretera principal, donde me cruzo cada día casi que siempre con las mismas almas. Aquí la vida es rutinaria, y los cambios no son norma diaria.

Me camino, despacio, escuchando el ruido de la vida, de la existencia en todo su rango; pajarillos, las pezuñas de los animales golpeando un asfalto resquebrajado y viejo, solo él sabe cuantos años lleva soportando el impacto de las suelas de los monjes, de los habitantes de la zona, de animales y alguna que otra rueda de vehículo mecánico, aunque de esos, muy pocos.

Me quedo abstraido en el sonido, y después, dejo paso a que mi cerebro procese el olor… los olores… India es numero uno en eso, encontrándote cientos de miles de aromas en un rango indescriptible; desde el más nauseabundo de la descomposición, hasta el más aromático de alguna comida cocinada con especias. Después; dejo paso a la vista; observo, y como siempre me centro en los animales, ellos tienen ojos que desprenden historias, todas tristes, porque son animales de carga, carne, o simplemente perdidos en un mundo y una zona que no ofrece ninguna posibilidad a la vida. Una zona dura, para todo ser viviente. Karnataka es uno de los muchos infiernos de los que hablan las religiones hinduistas, o Tibetanas. Resulta paradójico que aquí, se haya construido uno de los centros espirituales Tibetanos mas grandes potentes y con mayor fervor de la cultura transhimalaya.

Veo estos bueyes, que vuelven seguro de trabajar, pero vuelven limpios, recién bañados, su dueño no puede permitirse el lujo de descuidarlos y perderlos. Si pierde los bueyes, pierde su vida, así de tajante. Los miro, y me miran, yo los miro a través del visor, y ellos denotadamente inquietos porque probablemente no hayan visto jamás una cámara de fotos, no dejan de mirar mi cabeza, mi postura y mi gesto. Mientras caminan, siguen con su cabeza mi ubicación; no se fían de mi.

Una legión de moscas y mosquitos acompañan a las bestias, algo que salva al guia humano del suplicio de tener que soportar el incesante revoloteo de los insectos; buscan humedad, buscan vida…

Por un segundo me pongo en situación, e intento (imposible conseguir al 100%) empatizar con estos seres, con estas almas que sin pedirlo, nacieron en una de las zonas mas difíciles para poner en practica una palabra “confort” y que sin embargo, siguen sonriendo. Sonriendo a la vida, sonriendo al futuro, sonriendo a esa falsa libertad que todos y cada uno de nosotros creemos poseer.

Me quedo con las cabezas de los bueyes, me miran, sus ojos brillan, y me pregunto que sentirán al verme…

Yo si sé lo que siento ahora mismo; “compasión”, esa palabra que tan mal se explica desde el punto de vista de las religiones occidentales, y que se asimila a la “pena” por el prójimo, pero que aquí, en el epicentro de la sabiduría indica “Karuna” (compasión en Sánscrito) se reconoce de otra manera, como diría Juan Arnau “LA IDENTIFICACIÓN AFECTIVA CON LOS DEMÁS”

Otra foto de los “Instantes de mi vida”.

N. del A. Dedicado a Alvaro (Lobsang Ngongdrup), ese maravilloso enamorado de la India, que vive en Alicante, pero que tiene una parte de su corazón (y su alma entera) en este continente de sabiduría, creencia y espiritualidad. La India.

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